martes, 21 de Mayo del 2013
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ORÍGENES DEL MUSEO

La génesis del actual Museu de la Ciència i de la Tècnica de Catalunya proviene en una vieja aspiración catalana. La Associació d'Enginyers, que impulsó su creación a partir de 1976, ya lo había intentado a finales del siglo pasado.

La Generalitat Republicana firmó una orden para crear un museo que diera a conocer la industrialización en Cataluña.

La Guerra Civil y la dictadura posterior del general Franco interrumpieron el proyecto, que quedó olvidado hasta los años setenta. En esta época, la Asociació d’Enginyers Industrials de Catalunya recuperó la iniciativa de fundar un museo de ciencia y técnica y en 1979 constituyeron la Associació del Museu de la Ciència i de la Tècnica i d'Arqueologia Industrial de Catalunya con la voluntad de aunar esfuerzos para la creación del museo y preservar los bienes del patrimonio industrial.

En el año 1982, el Departamento de Cultura de la Generalitat asumió el proyecto y en 1983 adquirió la fábrica Aymerich, Amat i Jover, antiguo vapor textil lanero de Terrassa, con la finalidad de convertirlo en sede del museo.

La Ley de Museos de 2 de noviembre de 1990, lo declaró Museo Nacional y lo convirtió en una entidad autónoma.

UN EDIFICIO SINGULAR

El edificio del Museu de la Ciència i de la Tècnica de Catalunya, el Vapor Aymerich, Amat y Jover, representa la mejor obra arquitectónica industrial modernista del país. Diseñada por el arquitecto Lluís Muncunill i Parellada (Sant Vicenç de Fals, 1868-Terrassa, 1931), la fábrica se empezó a construir en la Rambla d’Ègara en 1907 y fue inaugurada en 1909.

El Vapor (denominación que proviene de la utilización de la máquina de vapor como fuerza motriz) acogía todo el proceso industrial de transformación de la lana, desde su entrada en mechones hasta su salida en tejidos acabados.

El Museu de la Ciència i de la Tècnica de Catalunya tiene una superficie total de 22.000 m2 de los que 11.000 corresponden a la antigua nave de producción, de planta rectangular, del Vapor Aymerich, Amat y Jover. Esta gran sala, donde hoy podemos encontrar las exposiciones permanentes Enérgeia, La Fábrica Textil, Homo Faber y El Transporte, está cubierta por un peculiar techo en forma de dientes de sierra. El arquitecto consiguió un extraordinario dominio de la bóveda de ladrillo plano. Perfeccionando la tradicional bóveda catalana con una audacia nunca vista, reinterpretó las habituales formas rectas de este tipo de techo con 161 bóvedas campaniformes, que se sostienen gracias a 300 columnas de hierro colado y que servían también de bajantes de agua y como soporte de los embarrados, árboles de transmisión de la fuerza generada por la máquina de vapor a todas las máquinas de la fábrica.

 

 
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